Luz y poesía negra

(Apuntes para una poética)

la_romeria_de_san_isidro2La Romería de San Isidro  (Pinturas Negras), Francisco de Goya.

La poesía ha descendido una y otra vez a los infiernos para reaparecer cargada de historia. La palabra viene siempre de lo inefable; todo lo que se dice nace, como la luz que vemos, de una placenta de sombra. [1]

Será preciso viajar por los ojos de los idiotas,/ paisajes llenos de sepulcros que producen fresquísimas manzanas,/ para que venga la luz desmedida. [2]


[Poesía negra]

Poesía negra es libertad de explorar sin temor, sin cautela, sin prejuicio, a pecho descubierto; libertad de indagar en las negruras de fuera y dentro que determinan nuestra vida, de mirarlas a los ojos, de escucharlas con serenidad aunque derritan nuestro oído.

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Perro semihundido  (Pinturas negras), Francisco de Goya.

Porque es en la negrura, en ese abismo ante el que yacemos indefensos, sin respuestas, y con el solo vislumbre de algunas preguntas, donde se esconde el misterio de lo que somos, el misterio de nuestro ser individual y social.

La oscuridad y sus peligros son un tabú atávico y adentrarse en ellos nos provoca retraimientos. Para calmarlos y vencerlos necesitamos cierta belleza rítmica y sonora, una compañía, una voz amorosa, que ilumine el trayecto por las hondonadas. La poesía es nuestra cálida linterna, el ojo de cíclope que nos alumbra en la travesía de las grutas.

La poesía –el arte– es libertad para conocer y conocerse, sin territorios prohibidos. Libertad de ejercer lo ilimitado: todo puede ser imaginado y convertido en palabra. Y cuando es palabra, es realidad. Pero no hay libertad si no se pulveriza el miedo, todas y cada una de las formas del miedo. Y sólo se gana al miedo cuando penetramos en la entraña de lo oscuro con lúcida conciencia, con la leve sonrisa del que sabe que en el descenso quizá se rompa en pedazos.

Como la ciencia, la poesía, en otro lugar del pensamiento, busca hacer visible lo invisible, dar un cuerpo, una forma de existencia, la sonora palabra, a lo que no ha sido aún nombrado y vaga como un ánima en espera de redención. Lo que está a la vista existe gracias a lo que no se ve. Poesía, entonces, para nombrar la sombra que origina la luz; poesía negra “que en su palpitar oscuro crea claridad, que no pretende imponer la claridad –racionalista– que tantas realidades luminosas oculta”. “Una luz de la que el sujeto participa haciéndola, no recibiéndola en modo inerte: la verdad viviente que sólo aquel que en ella está dispuesto a quemarse puede ofrecer”. [3]


[Verdad/ Mentira]

Hay verdad cuando hay desnudamiento, aunque no impudicia. Cuando asciende a la luz lo que buscaba esconderse, lo que sería mejor callarse porque decirlo nos desconcierta, aquello que nos asusta reconocer que pensábamos y para lo que nos hemos quedamos sin palabras o las hemos enterrado porque ardían. Hablamos de amamantar –y no encarcelar– los huecos que se nos abren en la piel, fronterizos, inquietantes, cuando nuestra brújula pierde la noción del cielo y de la tierra. Hablamos de valor y perseverancia para desmenuzar el entramado de subterfugios con que uno cree protegerse aunque en realidad se autolesiona; para mirar serenamente, en la claridad conquistada tras la inmersión, la singularidad desnuda de nuestra verdad vital, que es también social. Poesía, entonces, para descubrir la verdad que duele, y, por eso mismo, liberadora, curativa. Poesía que lame las heridas. ¿Hay mayor celebración de la vida?

No se puede escribir desde fuera de uno mismo, sino exclusivamente a través de uno mismo: es un imperativo biológico. Y aquí están todas las trampas, porque el instinto de supervivencia y la herencia adquirida, que parecen salvarnos, nos consumen con sus construcciones paralelas y sus andamiajes y requerimientos, plenos de rémoras. La poesía es paradoja: desde el inevitable uno mismo, hay que negar el uno mismo, desde la unicidad, alcanzar la multiplicidad. Poesía medicinal entonces, para desensimismarse, furiosamente.


[Inmersión en la palabra]

Cuando nos sumergimos en un río subterráneo, hijo de las aguas del deshielo, experimentamos una fuerte primera impresión que nos corta la respiración. Para contrarrestarla no dejamos de movernos enérgicamente e incluso animamos a los músculos con algún que otro grito. Una vez entendida la nueva temperatura, nadamos y sentimos el intenso frío en todo el cuerpo como una compañía vivificante que nos recuerda la pulsación de cada centímetro de piel. El movimiento de los miembros aviva nuestro calor interno y el agua fría nos transmite una conciencia repentina de toda la epidermis. Cuando dejamos el envoltorio líquido, volvemos al aire y nos secamos aún con cierto escalofrío, la sensación de regreso, de cuerpo masajeado y despierto que se reencuentra en su calor propio, nos regala un momento de secreta felicidad, una especie de retorno fugaz al útero.


[Tiempo vital]

El poema se alza, se cae, se construye, se destruye, se deshace, se rehace, se destila una y otra vez durante un tiempo de vida. Hasta que el tiempo de ese fragmento de vida y la vida de ese fragmento de tiempo le dan un lugar en el que puede tambalearse sin caerse. Tambalearse sin caerse, ése es el equilibrio.

El poema es un trozo de músculo que se ha estirado y contraído, que se ha contracturado y tonificado, que ha sentido dolor y alivio repetidas veces. Y en ese tiempo, en ese proceso inestable de tiempo, en esa conciencia de los diversos vericuetos del tiempo vivido, el poema ha encontrado su número de sílabas, su atmósfera fonética, su secuencia rítmica, su concreta anatomía, su cuerpo. Son el tiempo y la conciencia del tiempo los verdaderos arquitectos.


[¿Estilo? Sólo respirar]

Trabajar con el lenguaje es conflicto, reyerta, pulso constante con uno mismo.  Nunca sabemos si prevalece la verdad singular o somos abducidos, una vez más, por alguno de los filamentos de la superestructura heredada y metabolizada falsamente como propia. Lograr un lenguaje de piel singular es recorrer un trayecto laberíntico y adictivo, perseverar en un laboratorio casi destinado al fracaso cuyo remoto horizonte de éxito tiene el misterioso poder de renovar incansablemente el empeño. El empeño de existir, porque no hay verdad singular sin lenguaje singular. Nada hay más difícil que encontrar la tierra virgen que aguarda bajo los sedimentos no elegidos que heredamos. Pero hay que respirar, luego, hay que aventurarse.


[Sentir-creer/ no pensar]

francisco_de_goya_y_lucientes_-_witches_sabbath_the_great_he-goat2                                                                El aquelarre  (Pinturas Negras), Francisco de Goya.

Poesía orgánica, corporal, táctil. Poemas como concretas mordeduras, como concretas caricias, como concretos latidos, como concretas memorias musculares archivadas en la biblioteca infinita de nuestra electricidad sanguínea y traducidas a la finita biblioteca de las palabras. Poema-piel, sensación-poema, sensorial poética.

Poesía parasimpática, precognitiva, desmodernizada, preplatónica, desprofesionalizada, rupestre: poema-conjuro, poema-oración, ofrenda sagrada de un cuerpo a otros cuerpos. “La poesía primera, anterior a la historia, es lenguaje sagrado. Para el creyente no es poesía, sino misteriosa verdad. En el lenguaje sagrado la palabra es acción: modo de accesibilidad a los diferentes modos de lo real”. [4]


[1] Un capítulo de la palabra: “El idiota” (Homenaje a Velázquez); España, sueño y verdad. María Zambrano.

[2] “Paisaje de la multitud que orina”; Poeta en Nueva York. F. G. Lorca.

[3] “Presentación: la experiencia de la historia (después de entonces)”; Los intelectuales en el drama de España. María Zambrano.

[4] “Consideraciones acerca de la poesía”. Algunos lugares de la poesía, María Zambrano.