Escrita por encargo del Centro para la Difusión de la Música Contemporánea (Ministerio de Cultura), y a petición del Aula de Música de la Universidad de Alcalá de Henares, la obra se publicó en la Revista de Especialización Musical Quodlibet (No. 21 – Octubre de 2001), dentro de la iniciativa de ambas entidades de «introducir y divulgar la música de nuestros compositores entre los estudiantes de música, y formar una colección de obras de dificultad apropiada a sus destinatarios».
Monólogos de cuerda es un ciclo formado por obras a solo para instrumentos de arco de las que en dicha revista se publicaron las dos primeras. Partiendo de la mencionada premisa didáctica, las piezas se plantean en cada caso como «estudios» de determinados recursos musicales e instrumentales, siendo esta autolimitación del material disponible, un estímulo para la exploración intensiva de sus posibilidades compositivas y expresivas.
Las obras fueron revisadas en 2024 y estrenadas en su nueva versión en el XXVI Festival internacional de música contemporánea de Madrid COMA’24, en el Auditorio CentroCentro, y cargo del violinista y violista Mario Pérez (17/11/24).
Estallido, para violín, se articula en dos partes (Hipnótico-Furioso) que nos proponen dos paisajes sonoros totalmente contrapuestos. El primero, de gran lentitud meditativa, con un sonido lejano y evanescente (con intervalos de séptima y novena siempre a través de armónicos naturales y cuerdas dobles en diálogo polifónico), y el segundo, de gran rapidez y violencia, con un sonido ácido y percusivo (con intervalos de segunda acentuados). Dos formas de escucha, por tanto, para el oyente, en abierto conflicto o en evolución inesperada, que podrían relacionarse con un fenómeno extremo de la naturaleza, o con un vuelco súbito de nuestra naturaleza interna.
En Ricercare Ut, para viola, se hace referencia al verbo italiano «ricercare», que tiene una gran tradición en la historia de la música y que significa “buscar” o “descubrir”. Y por otra parte nos referimos a la sílaba Ut, que fue la primera denominación de la nota Do hace un milenio (en la famosa mano de Guido d’Arezzo). En este sentido, la obra trabaja solamente con los sonidos «do» de la viola, aunque en la diversidad de posibilidades que este micromundo puede ofrecernos, y se plantea como un prolongado ostinato en variación contínua, que nos describe un paisaje desnudo y ascético, y explora la escucha en la línea de ciertas obras monócromas, ya clásicas, de autores como Scelsi o Ligeti. Como una corriente de viento o de agua, el sonido experimenta cambios de velocidad, presión, intensidad o timbre; y nos invita a habitar el habla de este Ut minúsculo, que en su afanosa búsqueda, quizá pueda revelarnos algo del inabarcable mundo circundante.
Un elemento común a las dos obras –y que está en su fundamento compositivo– es el tratamiento de la gestualidad del «arco-brazo» como un componente casi coreográfico, que se funde con el material musical, y se acerca a difuminar la frontera entre intérprete, instrumento y discurso, generando un íntimo vínculo entre el sonido y el cuerpo.
